Lo agridulce de la juventud




Ayer se celebró el Día Internacional de la Juventud, ese periodo posterior a la adolescencia y que precede la adultez, comprendido en estado de derechos entre los 18-35 años, aunque a quienes viven juventud eterna en espíritu, sin cuestión de edad.

La juventud para muchos es sinónimo de fuerza, vigor, gozo, alegría, disfrute sin dolor de cabeza, como dicen, sin mayor compromiso, experimentar lo nuevo, vivir el momento. No obstante, hay otros para los que la juventud hace referencia a esfuerzo, lucha, preparación, cumplir sueño, superación personal y emprendimiento. He aquí lo agridulce, pues no todo es tan simple.

Se habla de la niñez, pero la juventud también es una etapa muy importante en la vida de un ser humano de la cual dependerá en gran parte nuestro futuro.

Es cierto que muchos jóvenes tienen dominio propio y alcanzan madurez para la toma de decisiones, tienen una autoestima sana; Sin embargo, vemos muchos jóvenes sin identidad propia y no nos referimos a un documento que les identifique, sino mas bien, a ese conjunto de característica que te diferencian de los demás, que te hacen ser único e irrepetible, aunque dicen por ahí que todos tenemos un doble.

Consterna el simple hecho de ver jóvenes sin aspiraciones, sin proyectos de vida, que viven medalaganariamente, jóvenes con traumas refugiándose en cosas indebidas, que tienen un vacío quizás y simplemente deciden callar, muchos vienen de hogares disfunciones, familias divididas, con grandes carencias (no económicas) , sino esa falta de valores y sobre todo escasez de amor, ese cariño que inspira confianza, da seguridad y equilibrio emocional.

Se entiende que el joven debe ser capaz de decidir entre lo que le conviene y lo que no, pero no todos tienen tesón.

Nuestro país cuenta con muchos jóvenes promesa, emprendedores, glorias del arte y el deporte, pero también existe una gran masa preocupante en caminos distorsionados a quienes hay que rescatar.

Que fácil resulta echar la carga a las autoridades por no hacer el trabajo con la delincuencia juvenil, pero ¿Dónde están los padres de esos jóvenes? ¿Acaso son las autoridades quienes los educan? ¿Es en la escuela donde se aprenden los modales y buenas costumbres (valores)?

Que bien sería poder contribuir no solo con palabras, pasar a lo tangible, el querer como el hacer. Aunque yaexisten medios, siempre se puede hacer más. ¡Empecemos por casa!

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